Los Dias Grises Tambien Forman Parte Del Paisaje

Como se había hecho la hora de comer, tomamos el almuerzo en el lugar de comidas del parque y volvimos a Villa Unión, yo con un horrible dolor de cabeza. Probablemente se debía al viento Zonda que es el culpable del calor, de modelar las entrometidas formas del parque y de que muchas personas sufran efectos leves como cefaleas, irritabilidad o incluso síntomas más graves para la salud. A pesar de ser un paisaje desértico, estaba lleno de vida por la mañana. De esta forma, guanacos, zorros y maras cruzaban la carretera y debíamos poner mucha atención en la conducción. Pero nuestro paisaje, una planicie desolada, nos facilitaba la visión a lo lejos y podíamos ver a los animales y anticiparnos a sus movimientos. Ninguno de los presentes en la taberna de la calle de Villa-Hermosa olvidará la petulancia con que el pintor se despojó del chaleco a favor del poeta; también comprendió que era bueno y honrado cantar a los pobres perros.

los dias grises tambien forman parte del paisaje

Acabé por tomar gusto tan vivo a la felicidad de aquel chicuelo, que un día fui a pedir a sus padres, unos pobres, que me lo cedieran, prometiendo que le vestiría bien y le daría algún dinero, y no le impondría mucho más trabajo que el de limpiar los pinceles y realizar algunos recados. El niño, en cuanto se le lavó, se quedó hecho un encanto, y la vida que junto a mí llevaba lo parecía un paraíso en comparación con la que hubiera tenido que soportar en el tugurio paterno. Entonces salí, y mis temas me retuvieron bastante rato fuera de casa. El cielo, con sus interesantes mutaciones, es como el mar en el que se refleja la cara de la vida, o al menos el cuadro en el que podemos encontrar fenómenos, de alguna forma, paralelos, afines o equiparables.

Es En Esos Días Grises

De verdad, estaban tan azoradas como ministros en día de audiencia o como usados del Monte de Piedad en el momento en que una celebración nacional autoriza los desempeños gratuitos. Hasta pienso que miraban de tiempo en tiempo la manecilla del reloj con tanta impaciencia como jueces humanos que, en sesión desde por la mañana, no tienen la posibilidad de por menos de soñar con la hora de comer, con la familia y con sus zapatillas adoradas. Si en la justicia sobrenatural hay algo de precipitación y de azar, no nos asombremos de que ocurra lo mismo en algún momento en la justicia humana. Seríamos nosotros, en tal caso, jueces injustos.

El aspecto poco entusiasmado de los otros tres compañeros me llevó a meditar que aquel jóven era ahora unincomprendido. Le miraba con atención; tenía en los ojos y en la frente ese no sé qué precozmente mortal que suele alejar a la simpatía, y que, no sé por qué razón, excitaba la que hay en mí, hasta tal punto, que se me ocurrió por un momento la extraña iniciativa de que podía yo tener un hermano que yo mismo no conocía. Mi huésped y yo éramos ya, cuando nos sentamos, antiguos y inmejorables amigos.

Visualizaciones

Un inmenso rumor de vida llenaba el aire -la vida de los interminablemente pequeños-, cortado a intervalos regulares por el crepitar de los tiros de un tiro próximo, que reventaban como la explosión de los tapones del champaña en el zumbido de una sinfonía con sordina. Cuando el carruaje pasaba por el bosque, mandó parar en las cercanías de un tiro, diciendo que le sería grato tirar unas balas para matar el Tiempo. Matar a ese monstruo, ¿no es la ocupación más ordinaria y más lícita de cada quien? Y ofreció galantemente la mano a su querida, exquisita y execrable mujer, a aquella mujer enigmática a quien debía tantos placeres, tantos dolores, y quizás también una gran parte de su genio. Hay mujeres que inspiran deseos de vencerlas o de gozarlas; pero ésta infunde el deseo de fallecer lentamente ante sus ojos.

No se ajusta a eso que yo interpreto que nos pedían. Sacando el negro del fondo, y la iluminación en la punta del dedo que es el mucho más claro que veo en la fotografía, aunque la mano va oscureciendo gradualmente hacia atrás yo no soy con la capacidad de ver la diferencia que se pide, para mi remas. Bonita fotografía navideña para estas fechas, pienso que quitando el tono más obscuro y el más claro hay lo que se pide, aunque no sea suavemente.

Día 1: Viaje A Villa Unión

Descolgarle, no era labor tan fácil como pudierais creer. Estaba ahora rígido, y sentía yo repugnancia inexplicable en dejarle caer bruscamente al suelo. Había que sostenerle en peso con un brazo, y con la mano del otro recortar la cuerda.

Períodico De Viaje

Me sorprendió ver que tiene un histograma especial. Veo lo grises muy parecidos, pero suficientes. Lo malo es que no se intercalan entre ellos y además no están organizados por intensidad.

El poeta que ha cantado a los pobres perros tuvo por recompensa un hermoso chaleco, todo de un color, rico y marchito al unísono, que hace pensar en los soles de otoño, en la belleza de las mujeres maduras y en los veranillos de San Martín. Si hay un fenómeno evidente, trivial, siempre y en todo momento semejante y de naturaleza frente a la cual sea imposible equivocarse, es el cariño materno. Tan difícil es suponer una madre sin amor materno como una luz sin calor. ¿No va a ser, por tanto, a la perfección legítimo atribuir al amor materno todas y cada una de las acciones y las palabras de una madre relativas a su hijo?

Una cama, de madera pintada, sin cortinas; unas mantas que arrastran, mancilladas por las chinches; 2 sillas de paja, una estufa de hierro, uno o 2 instrumentos de música, descompuestos. A mí me parece que estaría bien allí donde no estoy, y esa idea de mudanza se encuentra dentro de las que discuto sin cesar con mi alma. Miré; era una muchacha alta, robusta, de ojos muy libres, con rápido afeite; sus cabellos flotaban al viento, como las cintas de su gorra. Y entró, se bebió un vaso de cerveza en frente de las sepulturas y se fumó de forma lenta un cigarrillo. Luego tuvo la ocurrencia de bajar a aquel cementerio de yerba tan alta, tan invitadora, y en que reinaba un sol tan rico. Mandaron llevar en seguida otras botellas para matar el tiempo, que tiene vida tan dura, y acelerar la vida, que va tan despacio.

Cuando, después, debimos desnudarle para el entierro, la rigidez cadavérica era tal, que, atormentado de doblar los miembros, debimos rasgar y cortar los vestidos para quitárselos. ¿Cuál no sería mi horror y mi desconcierto en el momento en que, al regresar a ella, lo primero que me atrajo mi vista fue mi muñequillo, el travieso compañero de mi vida, colgado de un tablero de este armario? Los pies casi tocaban al suelo; una silla, derruida sin duda de una patada, se encontraba caída cerca de él; la cabeza se apoyaba convulsa en el hombro; la cara hinchada y los ojos desencajados con fijeza espantosa me produjeron, al pronto, la ilusión de la vida.

Pudimos cenar chivito a la brasa, el plato propio de la región, en el restaurante llamado Ruta 40, a la entrada del pueblo. Al poco, el lugar de comidas se llenó y la multitud que entraba estaba con el plato agotado. El sendero nos vuelve a dejar pasmados, lo llamábamos entre gracietas el “territorio cardón” por la proporción de estos cactus que medran aquí. Los tonos de las montañas eran maravillosos.